Hace algunos días fuimos invitados por la Municipalidad de Puerto Varas a participar en un encuentro destinado a acompañar a personas en sus procesos de búsqueda laboral. La invitación era sencilla: compartir experiencia, responder preguntas y entregar algunas herramientas que pudieran ser útiles para enfrentar ese desafío.
Lo primero que me llamó la atención fue la diversidad de quienes participaron. Había mujeres y hombres de distintas edades, profesiones, oficios y trayectorias de vida. Personas que recién comenzaban su camino laboral y otras con muchos años de experiencia.
Y sin embargo, detrás de historias tan distintas aparecía una inquietud común.
¿Cómo voy a ser valorado en un nuevo espacio laboral?
¿Cómo lograr que otros vean lo que puedo aportar?
¿Cómo volver a confiar en mí cuando estoy enfrentando incertidumbre?
Me pareció interesante constatar que, más allá de los estudios, los cargos o la experiencia, existe una necesidad profundamente humana de sentir que nuestro aporte tiene valor.
Y fue justamente en ese contexto donde recordé una conversación que tuve hace poco con un cliente. Al enterarse de algunas de estas actividades me dijo:
«Qué bueno que estén devolviendo la mano.»
La frase me acompañó varios días.
No porque me pareciera incorrecta, sino porque me hizo reflexionar. En realidad, siento que siempre hemos intentado contribuir desde distintos espacios. A veces acompañando procesos de empleabilidad, otras participando en iniciativas comunitarias, compartiendo experiencias o generando espacios de conversación.
Quizás la diferencia es que algunas de esas acciones las mostramos menos.
Y entonces me pregunté si, muchas veces, confundimos la visibilidad con la existencia.
Porque hay contribuciones que ocurren lejos de los focos, de las publicaciones y de los indicadores. Contribuciones que nacen simplemente de la convicción de que compartir tiempo, experiencia o una mirada puede ayudar a otro a avanzar un poco más.
Mientras escribo esto, pienso también en Hack Ur Mindset. Un espacio que desde hace años construimos con mucho cariño y convicción. Un espacio donde reunimos personas para conversar, cuestionarnos, aprender y abrir nuevas perspectivas. Un espacio que, en esencia, busca recordarnos que siempre podemos mirar el mundo de una manera diferente.
Quizás por eso esta experiencia me dejó pensando.
Porque no creo que se trate de «devolver la mano».
Creo que se trata de algo más profundo.
De entender que la experiencia cobra sentido cuando se comparte. Que el aprendizaje adquiere valor cuando circula. Y que crecer no consiste solamente en avanzar uno mismo, sino también en generar espacios para que otros puedan hacerlo.
Al final, tal vez la contribución no es una acción ocasional.
Tal vez es simplemente una forma de relacionarnos con el mundo.


